La Serpiente de Apante!

En Matagalpa hay cuentos que no se apagan ni con la lluvia más brava… y uno de ellos es la leyenda de la Serpiente del Apante. Dicen que cuando la ciudad anda torcida, el cerro mismo despierta, y algo enorme —más viejo que la Catedral y más fuerte que cualquier temblor— se mueve bajo la tierra. Esta es la historia de tres majes que, en una noche de tormenta, decidieron averiguar si aquel rumor era cuento de bolo… o una advertencia real. Si tenés valor, seguí leyendo.

Capítulo 1:

La Tormenta Inexplicable!

En Matagalpa había llovido tres días sin descansar. No era lluvia normal: era un aguacero maleado, pesado, de esos que suenan como si el cielo estuviera regañando a la tierra. Las calles estaban hechas un solo río, los puentes casi tapados y todo el pueblo a oscuras desde la madrugada.

En un chante hasta las tapas de agua, estaban Manual, Chepe y Pedro; tres amigos del Parque Morazán. Andaban con el capote empapado, focos viejos y una joyita guardada de la última tapiniada. Afuera, el viento gritaba entre los techos.

—Cho… ¡qué chiva está esto! —dijo Chepe—. Ni en invierno cae así.
—Debe ser un mal temporal —respondió Pedro, sin mucha fe.
—O tal vez… —dijo Manual— …es lo que dicen los roquitos del Apante.

Chepe torció la boca.
—¿Y qué babosada es esa?

Manual les contó lo que decían los viejos:
Que cuando Matagalpa anda mal portada, la culebra gigante del cerro Apante se mueve.
Cada vez que se sacude, la Catedral se raja.
Y si se suelta el último pelo que la amarra… todo se va a la porra.

Pedro trago grueso.
—Eso lo inventan los bolos cuando andan hasta el zeregete.
—Pues la Chela oyó un rugido hoy en la mañana… y desde ahí empezó esta lluvia —dijo Manual.

Un trueno fuerte los hizo pegar un brinco.

Chepe, terco como siempre:
—¿Y por qué no vamos, maje? ¡Al Apante pues! Ya estamos mojados, ya estamos a oscura y ya estamos con el bolsón.

Y aunque los otros dos lo vieron como quien mira una chancha poniendo huevos… la curiosidad les ganó.

Capítulo 2:

Rumbo al Apante!

Agarraron mochilas, focos y un machete “por si las moscas”. El agua les llegaba a las canillas mientras caminaban por las calles silenciosas.
Nadie afuera.
Ni perros, ni carros, ni luces.
Solo el aguacero… y de vez en cuando un crujido profundo, como si algo enorme se moviera bajo la tierra.

Al llegar a la entrada del cerro Apante, la lluvia cambió.
Ya no golpeaba: se volvió bruma, una neblina fría que se enredaba entre los árboles.

—Oe majess… ¿escucharon eso? —susurró Manual.

Un sonido grave, profundo, vibró bajo sus pies.
No era trueno.
Era como el respiro de un animal gigantesco.

—Jesús, María y las Tres Divinas Personas… ¡no jodás! —soltó Pedro.

Los focos empezaron a fallar:
● El de Manual se encendió solo.
● El de Chepe parpadeó.
● El de Pedro se apagó… para siempre.

El cerro vibró como si estuviera despertando.

Capítulo 3:

El Ojo que todo lo Ve!

Entre la bruma, allá adelante, vieron una sombra larga, inmensa, moviéndose con una lentitud que helaba la sangre.
Era como ver una montaña arrastrándose.

—¡La culebra! —susurró Chepe.
—¡Callate, animal! Si nos oye, nos traga como nacatamal —respondió Manual.

La sombra se detuvo.
El cerro quedó en un silencio tan pesado que dolía oírlo.

Entonces algo golpeó la tierra con una fuerza brutal.
Los tres cayeron al suelo.
El viento giró alrededor de ellos, la bruma se arremolinó…

Y en el corazón mismo de la oscuridad, se abrió un ojo gigantesco, rojo como brasa encendida.

La Serpiente del Apante los estaba viendo.

Pedro intentó correr, pero no pudo mover las piernas.
Chepe estaba blanco como papel.
Manual apenas respiraba.

Entonces, la voz del cerro habló dentro del pecho de los tres:

“Dos pelos se rompieron.
Solo queda uno.”

La tierra vibró como si toda Matagalpa estuviera a punto de hundirse.

La voz volvió:

“No todo es culpa mía.
El equilibrio se quiebra…
cuando ustedes lo quiebran.”

Capítulo 4:

La Advertencia!

La sombra gigante empezó a retirarse lentamente hacia lo hondo del cerro.
La bruma se fue disipando.
La lluvia bajó de intensidad.
Todo parecía calmarse… como si el cerro hubiera exhalado.

Los tres quedaron tirados un rato, temblando.
Cuando por fin pudieron levantarse, bajaron tropezando, resbalando, con el bolsón revuelto y el susto fresco.

Al llegar a Matagalpa, el cielo empezaba a aclarar.
La luz volvió.
La lluvia se volvió normal.

Pero la Catedral…
tenía una grieta nueva, una que nadie había visto antes.

La gente decía que había caído un rayo.
Pero ellos sabían la verdad.

Los tres se vieron a los ojos.
Lo que habían visto no era tapudencia.

Era advertencia.

Y el futuro de Matagalpa…
como dice la leyenda…

colgaba de un solo pelo.

Escucha

Nuestra Leyenda!

En Matagalpa hay cuentos que no se apagan ni con la lluvia más brava… y uno de ellos es la leyenda de la Serpiente del Apante. Dicen que cuando la ciudad anda torcida, el cerro mismo despierta, y algo enorme —más viejo que la Catedral y más fuerte que cualquier temblor— se mueve bajo la tierra. Esta es la historia de tres majes que, en una noche de tormenta, decidieron averiguar si aquel rumor era cuento de bolo… o una advertencia real. Si tenés valor, seguí leyendo.

¿Y de donde

Surgio la Leyenda?

La leyenda cuenta que en el Cerro Apante, cerca de Matagalpa, duerme una enorme serpiente mítica. Esta criatura está oculta dentro del cerro y se dice que despertará cuando la humanidad se vuelva malvada o rompa el equilibrio natural. Su aparición traería destrucción como castigo por los pecados de los hombres. En algunas versiones, la serpiente cuida un gran tesoro y representa una fuerza ancestral vinculada a la naturaleza y la espiritualidad indígena.

Se dice que el origen de esta leyenda proviene de los antiguos pueblos indígenas que habitaban la zona de Matagalpa, quienes veían al Cerro Apante como un lugar sagrado y poderoso. Para ellos, la serpiente simbolizaba la energía de la tierra y el vínculo espiritual entre el mundo humano y el mundo natural. Con el paso del tiempo, la historia fue transmitiéndose oralmente, mezclándose con elementos coloniales y creencias populares hasta convertirse en uno de los mitos más emblemáticos del folclore matagalpino.

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